Era muy pequeño. En mi camino hacia el colegio Luis Alberdi, me encontraba con un almacén de yogures Danone en el que retiraban de circulación pósters gigantescos de cada campaña publicitaria, que me regalaban regularmente los empleados para que yo los utilizara para pintar. Teníamos sólo dos cadenas de televisión, y el sábado por la mañana veíamos sabadabadá. Una de las secciones que yo esperaba con impaciencia era aquella en la que Jose Ramón Sánchez hacía caricaturas de grandes obras maestras de la pintura. En una ocasión añadió un concurso de talentos, y yo copié el martirio de San Bartolomé (Felipe), de José de Ribera en uno de esos pósters, y lo envié, aunque ni siquiera lo vi en televisión. La ejecución de la obra era muy aceptable, pero el soporte demasiado cutre, tal vez fue el detalle que motivó su exclusión. Aunque continué con el dibujo, ganando algún concurso, desde ese temprano momento comprendí que nunca sería un artista.
Me pregunto que es lo que vi en esa agonía, a los siete años, para elegirlo. De mis recuerdos sólo recupero la fascinación por las tensiones y las formas. También la frustración de ejecutar una pierna tan difícil. Parecía un hombre a punto de ser alzado como una vela en el mástil de un barco.
Mucho tiempo después me quedé con la intriga de que San Bartolomé murió desollado, con lo que lo más probable es que en realidad el suplicio de San Felipe en Hierápolis. ¿Fué casual la confusión?
Me quedo con San Bartolomé, de cuyo martirio en Armenia nos da cuenta un relato gnóstico, y por tanto, un camino de conocimiento vital. La lección que nos llegaba a los niños, terrible pero que de alguna manera se coló en un ambiente en que aleccionar así no era productivo, es que la sinceridad te cuesta la piel. La carne expuesta como un animal me parece la conclusión más lógica del ser deshumanizado que pende del mástil de Ribera. Otro de los eventos del relato gnóstico es que libró a una mujer de un demonio llamado Ashtarot, que sospechosamente se parece a Ishtar o Astarté, lo cual fue la causa de su posterior martirio.
En los sincretismos religiosos africanos se asocia a San Bartolomé con Oshumaré, un dios cíclico, ambiguo, y que hace de intermediario de divinidades superiores, además de no aceptar sencillamente ofrendas, ni tener un culto muy extendido.
Esta semana me retiraré unos instantes para meditar sobre este arquetipo, aceptaré un poco de irracionalidad en mi vida. Tal vez le haga una ofrenda de agua limpia, tal vez me lleve la guitarra al desierto, tal vez me vuelva vacío. Ya hace tiempo me enseñaron grandes maestros que los misterios no son para descubrirlos, sino para integrarse en ellos. Ójala ese agua me haga crecer, como el arbol de Oshumaré. Es tiempo de replegarse para entender.
domingo, febrero 01, 2009
Martirio de San Felipe (Bartolomé)
Publicado por Gustavocarra en 5:25 p. m. 0 comentarios
Etiquetas: misticismo laico
Suscribirse a:
Entradas (Atom)